Hoy se cumplen 30 años del golpe de estado del 23F. Hay fechas que quedan grabadas en nuestra memoria y recordamos con gran precisión que estábamos haciendo en aquel momento histórico. Todos recordamos que hacíamos cuando los aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas el 11S, cuando los trenes volaron por los aires el 11M (gracias a Dios yo ese día, como era habitual, no iba en uno de esos trenes por que llevamos a mi hija a la guardería en coche y eso fue lo que me salvó la vida), pero también recordamos con quien estábamos viendo el partido cuando la Roja ganó el campeonato del mundo. Son hitos de la historia.
Recuerdo con todos mis sentidos aquella tarde del 23F. Las imágenes se quedan pegadas a la retina, pero también los olores, los sentimientos, las caras. Yo era bastante pequeño pero ese momento me marcó, fue como un despertar a la vida adulta, adentrarme en las preocupaciones de los mayores. No sabía que era realmente lo que estaba pasando, pero algo no marchaba bien y eso me angustiaba.
Esa tarde estaba con mi madre comprando en la tienda del barrio, la tienda de "El Tío Miserias". Era un ser mal encarado y odiado por la mayoría del barrio, con fama de taimado y estafador (nunca volví a ver en mi vida 1/4 kg. de chopped más raquítico que el que despachaba el baranda, ¿sería por que la báscula estaba trucada?, esa era la sospecha que todos teníamos). Medía lo mismo que un perro sentao y con esos brazos cortos y gordozuelos se movía por la tienda de ultramarinos como una rata, esquivo y malicioso, su mandil estaba conderocado con más medallas que un general. La tienda estaba siempre llena y esa tarde también. Y por qué os preguntareis si el tipo era de aquella calaña. Por que la mayoría de la compras acababan de alguna de estas maneras: "Andrés, apuntalo que ya te lo pago", o bien, "mañana baja mi madre". El tenía su agenda que era como la Santa Biblia del Barrio, allí todos tenían cuentas pendientes.
De repente, la tonadillera de turno (el hilo musical de tan noble lugar) dejó de cantar. Oímos voces y revuelo en la calle y entonces alguien entró corriendo por la puerta y dijo: "Ha habido un golpe de estado". Yo en ese momento no entendí muy bien lo que pasaba, por que todo el mundo había enmudecido. El tendero se aupó detrás del mostrador sobre unas latas enormes de bonito en aceite (del que se vendía a granel envuelto en papel parafinado y que a mi me encantaba cuando mi madre hacía ensaladilla rusa) y cambió de emisora y empezamos todos a oír como unos Guardias Civiles habían entrado en el Congreso y disparado en el hemiciclo.
Mi madre, como siempre, muy pragmática ella, esperó a su turno y compró mortadela y jamón de york, azúcar, aceite, huevos y papel higiénico (por aquel entonces el de El Elefante, que era como limpiarte el culo con una lija del 7, sólo de pensarlo se me irrita el ojete) y todo en grandes cantidades como si fuéramos 15 de familia.
Al salir a la calle vimos como todo el mundo salía a la carrera y ante el estupor de los adultos y el disfrute mio (ingenuo de mí) vimos pasar varios Willies y Land Rover rebosando de militares que con todos sus pertrechos se dirigían en dirección a Atocha. "Mamá, ¿esto es la guerra?". "Anda, calla y corre".
Subimos los 4 pisos sin ascensor cargados como mulas y llegamos a casa. Mi padre estaba preparándose para ir a trabajar y de pronto nos dice: "No os preocupeis, no va a pasar nada". Mi madre le pedía que no se marchara, que pusiera la radio y que esperará a ver que decía, que acabábamos de ver a los militares en la calle, en pleno centro de Madrid, que cualquier cosa podía pasar. Pero mi padre, ni corto ni perezoso salió por la puerta. Con dos cojones.
Al día siguiente tenía un examen en colegio, no me acuerdo muy bien de que y debía de estudiar, mi madre me dijo que me quedara en el salón, quietecito y sin moverme, que ya veríamos si mañana iría al cole. Yo pensaba, esto de los golpes de estado es un chollo, espero que sea como cuando se murió Franco, otros tres días sin cole.
Cenamos más pronto que nunca y me mandaron a la cama cagando leches. Mi padre llegó a medianoche, más pronto de lo habitual, y yo le escuchaba hablar con mi madre en voz muy queda mientras escuchaban en la Cadena Ser a José María García, el Butanito, pero parecía que seguían hablando de la guerra y no de futbol. Esto tiene que ser serio. Se pasaron toda la noche en vela y yo a ratos con ellos.
Al día siguiente mi madre me despertó como cualquier otro día, a hostias. "Pero, ¿no había una guerra?", pregunté yo. "Anda, anda, vete, lávate la cara, desayuna y te vas al colegio". Joder, pues vaya mierda de guerra, pensaba yo, que sólo ha durado una noche.
Antes de ir al colegio, bajé con mi padre, el compró El Alcazar y el As y yo El País, ya por entonces me dí cuenta que en algunas cosas nos separaba un mundo. Faltaba más de la mitad de la clase y ese día no hicimos nada y mucho menos el examen (¡Cómo mola la guerra!). El profesor que tenía era Don Hemeterio, que nos daba clase de historia y tenía una cara de asco (le llamábamos Don Cementerio) y muchos días iba a clase con su vasito de agua y su bote de bicarbonato. Aquel día también, vaya por Dios, ese no era un buen augurio. El también tenía la radio puesta en clase y cuando me vio entrar con el periódico me lo arranco de las manos y se lo puso a leer. Tócate los cojones, cualquiera le decía nada, con la mala hostia que se gastaba y encima ya iba por su segundo vaso de bicarbonato. Mal rollito. Pues a esperar la hora del recreo.
A media mañana la cosa parecía menos tensa. Cuando llegué a casa mi madre me dijo que ya no habría guerra. Las guerras en España no son serias, pensaba, para eso los alemanes, esos si que montan buenas guerras.
Durante los siguientes días me dediqué a comprar todas las revistas y todos los periódicos que pude, con lo que le sisaba a mi madre cada vez que iba a comprar en la consabida tienda de El Tío Miserias. Pero no con afán de estudiar unos años más adelante lo sucedido en aquellos días, sino más bien pensando que dentro de unos años algún coleccionista me lo quitaría de las manos por un pastizal. Pero, como no podía ser de otra manera, mi gozo en un pozo, unos quince años después mi madre decidió realizar una limpieza de mi habitación y os imaginais que era lo primero que le estorbaba. Exacto, todos los periódicos y revistas que durante todos estos años había conservado como oro en paño, junto con otras cosas tan valiosas como la entrada al primer concierto de mi vida (los Lord of the New Church en la Sala Morasol, de lo cual hablaré otro día) y otras cosas de gran valor, al menos sentimental para mi. Madre, afortunadamente, no hay más que una.
¿Qué sabemos de lo que ocurrió 30 años después? Hoy leo en La Razón (diariamente al curro nos llevan La Razón y el ABC, más que nada para que estemos bien informados, toda una gentileza por parte de la empresa) un artículo de José Antonio Vera titulado Todo por el Golpe, que dice lo siguiente:
"Destaca de la asonada lo que los hombres de Tejero se comieron y bebieron gratis total en 18 intensas horas de cautiverio, que fueron: 16 cajas de cerveza, 19 de champán, 143 botellas de guisqui y ginebra, 94 de vino, 14 latas de esparrago, 7 de fruta, 14 de mermelada, 4 de bizcochos, 6 de bonito, 12 kg. de chorizo, 9 de jamón, 9 de salchichón, 17 de queso, 26 de naranjas, 9 de plátano, 21 de manzanas, 15 de peras, 2 de café, 22 barras de pan, 23 cajas de leche y 16 de lechugas. Se comieron 93.000 ptas. de la época, se bebieron 106.000 y se fumaron 58.000. Y arramplaron con 5.000 pesetas de propinas que había en el bote de los camareros del bar de Las Cortes. Todo por el golpe". Y yo que me quejaba de la compra de mi madre. Me quedo sin palabras.